Un día cualquiera, en una empresa cualquiera en las que trabajé antes de Básico, al llegar a la oficina:
– ¡Hola! ¡Buenos días!
– … – Silencio. Puedo escuchar el sonido del viento, los clicks en el ordenador, el pasar de las páginas en marca.es… Ochenta mesas llenas, ochenta almas en sus mundos, y ni un solo buenos días. Insisto, levantando la voz un poco…
¡¡Buenos días!!
Ruidoso silencio: tecleo, viento… una armónica a lo lejos.
De repente, un susurro:
– ¡Buenos…!
Me giro hacia la voz. Un despistado que no estaba con el Marca. Son más de ochenta y solo contesta, hablando para su oreja, ¡uno! En ocasiones, no veo muertos, pero disfruto siendo pesado.

Ahora, da gusto chillar, con ganas, a todo pulmón, afónico para dos semanas…
¡BUENOS DÍAS A TODOS!
Y entonces un coro “maravilloso” de voces básicas, contesta al unísono…
– ¡Buenos días pesado!
Me voy a mi mesa con una sonrisa de oreja a oreja, pensando: “¡qué alegría empezar el día cuando te desean buenos días!”

El autor de esta anécdota es Emilio Cabezudo.

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